¿Y tú cuánto juegas?
Solemos relacionar el juego como una actividad exclusiva de la infancia, aunque también entretiene en la vida adulta. Jugar es necesario para el desarrollo y no deberíamos dejar de hacerlo nunca. Jugando nos expresamos y dotamos de libertad a nuestro cuerpo y mente. Nos realizamos, conocemos, exploramos, descubriendo nuestro potencial. Si atrofiamos todo esto nos desconectamos de nosotros mismos, de nuestro cuerpo, emociones y sensaciones; reduciéndonos a ser personas más manipulables. Jugar nos permite autorregularnos, saber qué y porqué de nuestras necesidades. Nos acerca al momento presente, siendo una de las pocas experiencias que se hacen por el simple placer de hacerlas. Jugando se abre nuestra espontaneidad… alineando mente, emoción y cuerpo; permitiendo la libre emergencia de nuestro ser. Por ello, cuando un niño o adulto deja de jugar, nos encontramos en las puertas de la manifestación de posibles problemas de salud mental; ya que el modo de tramitar lo que se v...