¿Y tú cuánto juegas?
Solemos relacionar el juego como una actividad exclusiva de la infancia, aunque también entretiene en la vida adulta.
Jugar es necesario para el
desarrollo y no deberíamos dejar de hacerlo nunca. Jugando nos expresamos y dotamos
de libertad a nuestro cuerpo y mente. Nos realizamos, conocemos, exploramos,
descubriendo nuestro potencial. Si atrofiamos todo esto nos desconectamos de
nosotros mismos, de nuestro cuerpo, emociones y sensaciones; reduciéndonos a
ser personas más manipulables.
Jugar nos permite autorregularnos,
saber qué y porqué de nuestras necesidades. Nos acerca al momento presente, siendo
una de las pocas experiencias que se hacen por el simple placer de hacerlas.
Jugando se abre nuestra
espontaneidad… alineando mente, emoción y cuerpo; permitiendo la libre
emergencia de nuestro ser.
Por ello, cuando un niño o adulto deja de jugar, nos encontramos en las puertas de la manifestación de posibles problemas de salud mental; ya que el modo de tramitar lo que se va viviendo para ensayar nuevas formas de resolución de problemas se ve acotada, inhibida.
Recuperar esta capacidad es de vital importancia tal como lo refleja en esta frase la terapeuta italoamericana Lucia Capacchione: “El juego nos mantiene vivos y vitales. Nos da un entusiasmo por la vida que es insustituible. Sin ello, la vida no tiene buen sabor.”
Por todo esto te dejo aquí con algunas preguntas... ¿Y tu cuánto juegas? ¿tus hijos cuánto juegan? ¿Cuánto juegas tu con tus hijos?

Comentarios
Publicar un comentario